“EL ARCHIVO ADJUNTO”

15 March 2026 - News - Comment

En teoría, el fotoperiodismo nació para mirar al mundo de frente. En la práctica —y aquí empieza la ironía— demasiadas veces termina mirándolo de reojo y con prisa. La escena es conocida por cualquiera que haya pasado una madrugada entera esperando la luz adecuada, el gesto preciso o ese segundo en que la realidad, caprichosa como una tormenta de verano, decide revelarse.

El fotógrafo está ahí: de pie, agachado, empapado si hace falta, midiendo encuadres como un relojero que calibra un mecanismo delicado. Persigue una imagen con la paciencia de quien busca una aguja en un pajar… sabiendo que esa aguja puede contar una historia mejor que mil párrafos.

En el deporte la escena es distinta, pero la lógica —y la paciencia— son las mismas.

Quien ha pasado noventa minutos pegado a la banda lo sabe bien. El fotógrafo deportivo no espera la luz del amanecer; espera el instante en que el partido le da la foto, le da el titular: el salto imposible del delantero/a, la mueca de rabia del portero/a tras el gol, el abrazo colectivo que estalla como un trueno cuando el balón cruza la línea. Allí está, sentado en el césped húmedo o arrodillado tras la línea de fondo, con el teleobjetivo apuntando como un vigía en lo alto de un faro. Aguanta lluvia, frío o un sol que cae a plomo sobre el estadio. Observa, anticipa, calcula. Porque sabe que el fútbol —como todos los deportes— tiene momentos fugaces que duran menos que un parpadeo.

Y capturarlos exige algo más que reflejos: exige paciencia, intuición y esa mezcla extraña de instinto y oficio que separa una foto cualquiera de la imagen que resume un partido entero. El fotógrafo persigue ese instante como un delantero persigue el balón en el minuto noventa: con la obstinación de quien sabe que, si aparece, valdrá más que toda la crónica del día siguiente. Y, sin embargo, ocurre a menudo la escena más amarga de la noche.

Termina el partido, se envían las fotos, se revisa la publicación… y ahí está: no aparece su imagen, esa en la que el gesto, el balón y la emoción coincidían con precisión quirúrgica.

En su lugar aparece otra, tomada desde el asiento de al lado, quizá simplemente porque fue la que llegó primero al sistema. El fotógrafo la observa con una sonrisa torcida, de esas que mezclan resignación y cansancio. Porque entiende algo que raramente se dice en voz alta: en demasiadas redacciones deportivas la foto ganadora no es la mejor… es la que le hace la vida más fácil a quien tiene que cerrar la página antes de que se enfríe el café.

Y luego está la redacción

Allí, en el territorio donde el tiempo corre como si estuviera perseguido por un incendio invisible, ocurre algo curioso: la fotografía deja de ser mirada y pasa a ser simplemente “archivo adjunto”. No importa demasiado cuál llegó después de horas de espera, ni cuál condensa mejor el drama, la ironía o la verdad de una escena. A menudo se elige la primera que aparece en el “teletipo”, como quien agarra el primer paraguas que encuentra sin comprobar si tiene agujeros. No es una cuestión de talento.

Esa es la gran falacia.
Porque el problema no suele ser que el fotógrafo sea bueno o malo. El problema es mucho más prosaico —y por eso mismo más irritante—: la comodidad. La comodidad de quien necesita cerrar una crónica rápido.

La comodidad de quien no quiere detenerse a mirar veinte imágenes cuando una ya “sirve”.
La comodidad de quien considera la fotografía un adorno, cuando en realidad debería ser el otro idioma del periodismo.

El contraste es casi cruel. Mientras el fotógrafo se juega el tipo —a veces literalmente— para capturar un instante irrepetible, la decisión editorial puede reducir ese esfuerzo a una operación mecánica: clic, arrastrar, publicar.

Como si una imagen periodística fuera equivalente a una foto de stock sobre una taza de café. Paradójicamente, vivimos en una época obsesionada con lo visual. Nunca se han consumido tantas imágenes, nunca se han compartido con tanta voracidad. Y, sin embargo, en algunos rincones de las redacciones se las trata con una indiferencia que roza el desprecio.

Es una contradicción tan evidente como ver a alguien presumir de biblioteca mientras usa los libros para calzar una mesa coja.

El resultado es un periodismo que, poco a poco...empobrece su mirada.

Porque cuando se elige la imagen más rápida en lugar de la más reveladora, lo que se pierde no es solo una buena fotografía. Se pierde una forma de entender la realidad.

Una gran foto periodística no ilustra una noticia: la interroga.

No acompaña al texto: dialoga con él.

A veces incluso lo contradice, como un espejo incómodo que obliga a mirar dos veces. Quizá el problema de fondo sea que mirar bien requiere algo que hoy escasea más que los megapíxeles: el tiempo. Y el tiempo, en ciertas redacciones, parece haberse convertido en un lujo tan exótico como la paciencia.

Mientras tanto, en la calle, el fotógrafo sigue esperando el momento exacto. Ese instante frágil en el que la historia se deja capturar. Como un relámpago breve en medio de la noche. La tragedia —si se me permite el dramatismo— es que muchas veces la redacción ni siquiera levanta la vista para verlo.


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