Hay una diferencia inmensa entre hacer una fotografía y simplemente hacer clic. El clic es un gesto. La fotografía es una intención.
Vivimos rodeados de imágenes. Nunca fue tan fácil registrar el mundo y, quizá por eso, nunca fue tan difícil detenerse a mirarlo. El fotógrafo no sale a coleccionar escenas como quien acumula recuerdos en un cajón. Sale a buscar una pregunta, una emoción, una herida o una verdad, aunque sea incómoda. Lo demás es solo azar.
La cámara no piensa. Quien piensa es quien la sostiene
El fotógrafo Alberto García-Alix, Premio Nacional de Fotografía del Ministerio de Cultura (1999) y la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes (2019), ha defendido durante años una forma de entender la fotografía que va mucho más allá de la técnica. La cámara no piensa. Quien piensa es quien la sostiene. Y esa diferencia, aparentemente pequeña, separa el documento de la obra, el reflejo de la mirada. Antes de levantar la cámara ya debería existir una intención.
¿Por qué esta luz? ¿Por qué este rostro? ¿Por qué este silencio y no otro? Cada decisión es una renuncia, una apuesta; cada encuadre puede deja fuera un universo para luego, decir algo sobre lo que permanece dentro.

Hacer click sin pensar es como hablar sin tener nada que decir
Las palabras pueden sonar, pero difícilmente permanecerán. En cambio, cuando la imagen nace de una necesidad, de una obsesión o de una búsqueda personal, la fotografía deja de describir el mundo para empezar a interpretarlo. Quizá esa sea la diferencia entre quien usa una cámara y quien realmente fotografía. El primero captura lo que tiene delante. El otro revela aquello...que ya llevaba dentro.