El negocio de la desgracia ajena
El periodismo amarillista vuelve a escena. No se informa, se ordeña la tragedia. El dolor ajeno se convierte en contenido. La incertidumbre, en espectáculo. La información, en un producto emocional de consumo rápido.
El periodismo no está para competir con el circo ni para alimentar el morbo. Está para responder a las cinco preguntas básicas que algunos han decidido olvidar.
Ahí está la última situación de los trenes en ADIF-Málaga y su entorno, convertida en un bucle infinito de imágenes, con conexiones en directo que no aportan nada, especulación sin datos y expertos improvisados que hablan por hablar.
Y lo mismo con las lluvias en Andalucía: titulares apocalípticos, música de tensión, repetición constante de las mismas imágenes y muy poca explicación de fondo. Mucha lágrima. Poco contexto.
No se cuenta qué falló, por qué ocurrió, quién debía haber previsto el escenario o qué responsabilidades hay. Eso exige trabajo. Mejor dramatizar. El dolor ajeno se convierte en contenido.
La incertidumbre, en espectáculo.
La información, en un producto emocional de consumo rápido.
El periodismo no está para competir con el circo ni para alimentar el morbo. Está para responder a las cinco preguntas básicas que algunos han decidido olvidar: qué, quién, cómo, cuándo y por qué. Todo lo demás es ruido televisivo con patrocinio.
